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Miércoles, 05 de Marzo de 2014 05:04

Narco-cultura y sociedad alcahuega

WRITTEN_BY_MALE  Luis Carlos Rodríguez G.
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Tal Cual

Más allá del impacto mediático y las “medallas” que ya se cuelga en gobierno actual ante Estados Unidos por la captura del narcotraficante Joaquín Guzmán, alias “El Chapo”, nos debemos preguntar como sociedad, como gobierno, lo que significa ya para los niños y los jóvenes el fenómeno del narcotráfico, más allá de las guerras fallidas, de la exhibición mediática de delincuentes tan criticada en el sexenio de Calderón, pero que persiste en el mandato de Enrique Peña.

Las recientes marchas  en defensa del capo de este cártel en las calles de Culiacán, frente a Palacio de Gobierno, así como sus réplicas en diversos municipios sinaloenses con mantas que exigían la liberación del capo y  mensajes como “Chapo hazme un hijo” que enarbolaban mujeres o “No queremos otra guerra. Liberen al Chapo”, deberían ser motivo de preocupación para el Estado mexicano que ha cedido por años espacios a la “narco-cultura”.

Hace tres años, en plena campaña electoral en Sinaloa, conocí al periodista y escritor Javier Valdez Cárdenas, autor de varias novelas y tal vez el mejor cronista de la peor tragedia que diariamente vive Culiacán, Sinaloa y todo el país. Regresando de un acto de campaña en Los Mochis con un grupo de reporteros, nos tocó presenciar en una gasolinera la forma en que acribillaron adentro de una camioneta a una señora de no más de 25 años, con sus tres hijos pequeños.

El marido, un sicario más en Culiacán, fue emboscado, pero él alcanzó a huir del lugar. Su familia no tuvo suerte. Le pregunte a Javier Valdez cómo se podía vivir en una ciudad donde estas tragedias son la nota diaria. Contundente, sin vacilar me comentó: “La de Culiacán y Sinaloa son una sociedad alcahueta”.

Y me explicó: “La mamá o el papá no dice nada cuando el hijo empieza a llevar dinero a la casa o si estrena una moto o un carro del año o si la hija ya anda de novia con “buchón” o sicario. Todos disfrutan los dólares, la prosperidad. Y aunque saben o por lo menos sospechan en lo que andan, nada dicen. Pero sí les pasa algo, sí los matan o desaparecen, entonces sí reclaman y lloran. Es una sociedad alcahueta”.

A Sinaloa he viajado muchas veces, sobre todo para temas de coberturas electorales y desde la primera vez que fui anduve con pies de plomo. Me sorprendió, hace unos 15 años, que una de las principales avenidas, como si vendieran tacos, camarones o aguachile, había puestos ambulantes, casi todos atendidos por mujeres jóvenes, que te cambiaban dólares por pesos, a una cotización de ocho o nueve pesos, cuando en los bancos estaba en promedio en 12 pesos. Lavado de dinero a los ojos de todo mundo.

Para no ir más lejos, en las  instalaciones de la Secretaría de la Defensa Nacional, en la Ciudad de México, existe desde 1985 el museo probablemente más completo sobre el mundo del narcotráfico.

El narco-museo está abierto al público y en se exhiben la forma en que se producen y trafican drogas, pero además hay una sala llamada “Narco-Cultura” donde se muestran joyas,  armas, la vestimenta, sombreros, fotografías que pertenecieron a narcotraficantes.

Las investigadoras del Colegio de México, Günther Maihold y  Rosa María Sauter de Maihold, definen la narco-cultura como una forma de vida ostentación y una cultura del “todo vale para salir de pobre”, la cual “posee sus particularidades: es una estética del poder basado en los recursos materiales y simbólicos que manejan, y el mensaje es el de la impunidad, el de encontrarse por encima de la ley”.

Javier Valdez, autor de libros como “Miss Narco” e “Historias Reales de Desaparecidos y Víctimas del Narco”, señala que en Culiacán la narco-cultura se encuentra muy arraigada y cuando le preguntas a un morro, a un niño, que quiere ser de gran, te responde: sicario. Todo el día están escuchando narco-corridos e historias que ensalzan la imagen de los capos.

Incluso en Culiacán, las  guías turísticas apenas dedican unas líneas a los edificios históricos. “No hay mucho que hacer, a no ser que quieran hacer el narco-tour”, me dijo alguna vez un taxista. Y el recorrido incluyó la Capilla de Malverde, el llamado Santo de los Narcos, la esquina donde se libró una balacera entre cárteles, el puente donde colgaron a tres o el cementerio de los capos con capillas más grandes que un departamento de interés social.

Es decir, más allá de la detención de un capo, estamos  ante la evidencia de un problema que tiene más raíces que involucran la gran desigualdad social, la ausencia del Estado en muchos ciudades y comunidades del país, donde el narcotráfico ya es parte de la vida cotidiana, con su gran derrama económica y pero también de sangre, de formas de vida, de pérdida de valores.

Ya tenemos el primer gran logro de combate al crimen del gobierno de Enrique Peña, pero se empiezan a repetir esquema mediáticos como dar exclusivas sobre donde atraparon al capo, aquí durmió, su última cena. Se debe evitar volver a crear falsos héroes como en los tiempos de Genaro García Luna y “La Barbie” que pusieron de moda incluso un tipo de playeras. No sigamos por el camino se seguir siendo una sociedad alcahueta con esta permeabilidad de la “narco-cultura”.

Last modified on Martes, 11 de Marzo de 2014 02:11
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